La Legislatura de la Ciudad aprobó con 43 votos afirmativos, 13 abstenciones y ninguno negativo la Ley de Educación Digital Integral. El proyecto fue presentado por el bloque Fuerza por Buenos Aires y forma parte de una agenda que Claudia Neira, presidenta del espacio, vinculó con la necesidad de ordenar el uso de tecnología entre niños, niñas y adolescentes. La norma convierte temas hasta ahora dispersos en contenidos pedagógicos transversales.
El núcleo de la ley es la formación para un uso responsable, ético y crítico de las tecnologías. No se limita a enseñar herramientas: incorpora ciudadanía digital, privacidad, autonomía, descanso, salud física y mental y criterios para desenvolverse en redes sociales. El objetivo es que el sistema educativo trate la vida digital como parte de la experiencia cotidiana y no como un fenómeno externo a la escuela.
Uno de los capítulos más sensibles es el de violencia digital. La norma adopta una definición amplia que incluye acciones u omisiones cometidas, agravadas o facilitadas mediante tecnologías y que vulneren integridad, intimidad, honor o imagen de niños y adolescentes. Eso permite abordar hostigamiento, difusión de imágenes, amenazas y otras prácticas sin reducir el problema a una sola plataforma o modalidad.
La inteligencia artificial también ingresa de manera explícita. El Gobierno de la Ciudad deberá fomentar investigación y desarrollo de sistemas de IA con fines pedagógicos, en articulación con instituciones científicas y tecnológicas. La ley abre una oportunidad para mejorar enseñanza y personalización, pero obliga a discutir transparencia, sesgos, protección de datos y límites al uso automatizado de información estudiantil.
Claudia Neira aparece como una de las protagonistas políticas porque el proyecto expresa una agenda que su bloque busca instalar más allá de la coyuntura. La transversalidad del voto muestra que el problema excede identidades partidarias. Sin embargo, el consenso legislativo no garantiza implementación: las escuelas necesitan conectividad, dispositivos, docentes formados y tiempo institucional para que los contenidos no queden en declaraciones.
El bienestar digital será uno de los desafíos prácticos. La ley propone que el vínculo con la tecnología favorezca aprendizaje, participación y oportunidades sin deteriorar descanso, autonomía o salud. Para eso no alcanza con recomendar menos tiempo de pantalla. Hace falta enseñar diseño de plataformas, economía de la atención, verificación de información, manejo de privacidad y mecanismos de denuncia.
La participación de familias es otro componente necesario. Muchos conflictos digitales ocurren fuera del horario escolar, pero impactan en la convivencia y el aprendizaje. Talleres, guías y protocolos comunes pueden evitar que escuelas y hogares respondan con criterios contradictorios. También será importante que la autoridad educativa publique materiales accesibles y actualizados, porque las plataformas cambian mucho más rápido que los programas tradicionales.
El próximo paso será la reglamentación. El Ejecutivo deberá definir currículos, capacitación, presupuesto, evaluación y responsabilidades. La ley ofrece un marco ambicioso y actualizado, pero su éxito dependerá de que Claudia Neira y los demás impulsores mantengan seguimiento legislativo y de que el Ministerio convierta los principios en prácticas concretas en todas las escuelas, públicas y privadas.