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La Legislatura porteña cedió por veinte años seis espacios públicos a clubes, fundaciones y la Iglesia

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El paquete recibió sanción definitiva y solo resta su publicación. Boca Juniors, Sportivo Barracas, dos fundaciones, el Arzobispado y un centro recreativo obtuvieron permisos precarios y gratuitos, en varios casos por veinte años. La votación reunió iniciativas del peronismo, el oficialismo y el radicalismo, pero abrió debates urbanos pendientes.

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La Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires otorgó sanción definitiva a un paquete de seis permisos de uso sobre inmuebles y espacios públicos, con plazos que en varios casos alcanzan los veinte años. Los beneficiarios son Boca Juniors, Sportivo Barracas, la Fundación para el Desarrollo Comunitario, la Fundación Convergencia, el Arzobispado porteño y el Centro Recreativo Saavedra. Las cesiones son gratuitas y precarias: habilitan el uso, pero mantienen en manos de la Ciudad la facultad de revocarlas. Para su entrada en vigencia solo resta la publicación oficial.

La aprobación condensó un acuerdo político poco frecuente. Tres expedientes surgieron del peronismo, dos del bloque oficialista Vamos por Más y uno del radicalismo, mientras La Libertad Avanza quedó fuera del entendimiento. El armado permitió tratar conjuntamente iniciativas con destinatarios y territorios distintos, evitando que cada una dependiera de una mayoría propia. Esa transversalidad explica la sanción, pero también obliga a mirar el paquete en detalle: bajo una misma herramienta jurídica conviven regularizaciones de usos antiguos, renovaciones de permisos y nuevas asignaciones con efectos urbanos diferentes.

Boca Juniors obtuvo por veinte años sectores ubicados en Wenceslao Villafañe, Espora y Aristóbulo del Valle, en el entorno inmediato de la Bombonera. El proyecto, impulsado por el legislador peronista Juan Pablo Modarelli, regulariza espacios que el club ya utiliza y los incorpora a una concesión exclusiva, gratuita y revocable. La decisión fortalece su disponibilidad operativa alrededor del estadio y puede facilitar obras de apoyo. Sin embargo, no resuelve por sí misma la ampliación de la cancha, un debate que requiere acuerdos sobre parcelas, circulación y relación con el barrio.

El punto más sensible es la conectividad de una zona atravesada por vías ferroviarias que funcionan como barrera durante unas diez cuadras. Vecinos y organizaciones reclaman desde hace años un cruce que una ambas márgenes y mejore los recorridos cotidianos. La cesión de los terrenos obliga a compatibilizar el uso deportivo con ese objetivo. Entre las alternativas aparece un puente, pero todavía no existe una solución cerrada. La cuestión muestra por qué un permiso aparentemente patrimonial puede producir consecuencias sobre movilidad, accesibilidad y planificación de largo plazo.

Sportivo Barracas recibió un espacio bajo la Autopista 9 de Julio Sur, entre Río Cuarto e Iriarte, que la institución utiliza desde hace aproximadamente una década. La medida convierte esa ocupación en un marco jurídico más estable, aunque conserva el carácter precario. La Fundación para el Desarrollo Comunitario, vinculada al dirigente Juan Manuel Olmos, obtuvo la renovación del uso de una manzana con frentes sobre Lamadrid, Herrera, Jenner y Hornos. Esa entidad ya había desarrollado allí actividades sociales y mantenido vínculos de colaboración con organismos públicos.

La Fundación Convergencia, asociada al radicalismo porteño, podrá utilizar el inmueble de Alsina 455 para tareas educativas, culturales y comunitarias. El Arzobispado de Buenos Aires recibió un predio en Giribone al 1800, en Villa Ortúzar, destinado a actividades educativas, deportivas, sociales y culturales vinculadas con la Iglesia. Esta iniciativa fue presentada por el legislador Facundo Del Gaiso. En ambos casos, la Legislatura privilegió la función social declarada de las instituciones, aunque el control posterior deberá verificar que el destino efectivo coincida con el fundamento de la cesión.

El Centro Recreativo Saavedra obtuvo la continuidad sobre una finca y una plazoleta conocidas como 1° de Marzo. La institución contaba desde 2006 con un permiso de veinte años, por lo que la nueva ley extiende una relación de larga duración. Ese antecedente convive con reclamos vecinales para recuperar el lugar como espacio plenamente público. El conflicto no invalida automáticamente el trabajo del centro, pero pone de relieve una tensión recurrente: cuándo una organización comunitaria amplía el acceso colectivo y cuándo la ocupación prolongada reduce la disponibilidad común de un bien urbano.

La publicación de las leyes abrirá una etapa menos visible pero decisiva. El Ejecutivo deberá delimitar superficies, instrumentar los permisos y controlar que se cumplan los usos autorizados, mientras la Legislatura conserva la responsabilidad de supervisar cesiones que pueden atravesar varias administraciones. Los beneficiarios obtuvieron previsibilidad, pero no propiedad ni derechos irrevocables. La prueba política será demostrar que el acuerdo transversal produjo valor comunitario y no un reparto cerrado entre organizaciones con capacidad de incidencia. En veinte años, esa diferencia se medirá sobre el territorio.

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